La violencia contra las mujeres es un problema social reconocido por ser una de las principales causas de muerte de mujeres en el mundo, según organismos como la Organización de las Naciones Unidas.  Corregir a la esposa, poner a la mujer en su verdadero sitio, responder a sus provocaciones, exigirle el cumplimiento del deber conyugal, guardar el debido respeto al novio, al marido y, en definitiva, seguirlos, obedecerlos. ¿Cómo nos suenan esas ideas? ¿Antiguas? ¿Vigentes? Y expresiones como: “no nos podemos meter en asuntos de pareja”, “Vete a saber qué ha hecho, con quien habrá estado”, “ella sabrá por qué ha aguantado”.
Esas y otras ideas, por ley o por costumbre, grosera o sutilmente, legitiman, justifican, niegan u ocultan conductas de opresión que solo recientemente nos hemos atrevido a llamar por su nombre: violencia contra las mujeres.
Herder Editorial presenta Intervención grupal en violencia sexista, un libro que recoge la experiencia acumulada de las profesionales de los servicios de bienestar en la atención de la violencia de género. Las editoras, Júlia Masip y Neus Roca, no se posicionan desde la perspectiva de las mujeres como víctimas pasivas a las que hay que volver a enseñar y proteger desde la sabiduría profesional.
De la misma manera que la Historia denuncia una violencia constante hacia las mujeres, también nos habla de mujeres activas y libres, de resistencias lúcidas.
Las causas de la violencia
La violencia sexista contra las mujeres en la pareja se ha hecho visible en los últimos decenios. La violencia es una de las formas más efectivas de conseguir y mantener la dominación, sea de mujeres, niñas, niños o pueblos enteros. Se inscribe en un sistema social patriarcal que coloca a hombres y mujeres en una jerarquía de dominación y sumisión en vez de en un sistema de cooperación para la vida.
Actualmente, aun con sensibilidad social, aparecen numerosas muestras de tolerancia a la violencia. Las películas, una de las herramientas más poderosas que nutren el imaginario colectivo, recrean y banalizan escenas de violencia hacia las mujeres donde éstas aparecen como indefensas.
Otro mal ejemplo televisivo reciente: un reality show de una cadena española exhibió, cuando podía no haberlo hecho, imágenes del abuso sexual de un muchacho hacia una compañera de programa. Éste le restregó los genitales por la cara mientras otros compañeros eran testigos complacientes y sonrientes. Dos de estos chicos, horas antes, la habían sujetado, le habían ensuciado la cara con leche condensada y le habían hecho comentarios obscenos, siempre ante la contemplación de los demás.
Las causas de la violencia, ejercida mayormente por hombres, tiene una causalidad compleja y multidimensional, pero sus causas primeras son las pautas culturales sexistas que legitiman la desigualdad de poder que sitúa en posición social dominante al hombre respecto de la mujer, y también respecto de aquellos hombres que no se comportan como tales.
Desde esta perspectiva, es necesario actuar en varios frentes: con quien o quienes reciben la violencia, es decir, las mujeres y sus hijos; y con quien la ejerce, mayoritariamente el hombre, pareja o expareja. Pero también es necesario actuar en el contexto social en el que se produce: por un lado, incidiendo en aquellas actitudes y creencias dominantes que mantienen vivo un sexismo que justifica la desigualdad entre las personas en función del género; y por el otro, buscando la complicidad y la suma de esfuerzos con las iniciativas personales, sociales e institucionales de lucha por la erradicación de la violencia basada en el género y la desigualdad consecuencia del sexismo.
La intervención grupal
La mujer víctima de la violencia es una persona superviviente con habilidades y capacidades preservadas que le permiten dirigir las riendas de su propia vida en un contexto no violento. Ha sido capaz de sobrevivir en un entorno absolutamente hostil y agresivo gracias a sus capacidades de adaptación, capacidades y habilidades que, si son reconocidas por ella misma, le serán especialmente útiles cuando consigue vivir en un entorno exento de violencia.
¿Por qué los grupos como estrategia de transformación son necesarios? Si esta violencia es social, su deslegitimación y la liberación de la misma solo puede ser social. Aunque la elaboración individual es imprescindible para el cambio, los grupos también lo son en tanto que su condición relacional genera dos procesos: resquebraja la situación actual y construye la nueva. El contexto grupal, a diferencia del individual, ofrece un espacio social en que la expresión de las problemáticas se nombran y acogen desde la comprensión de la otra persona que lo ha vivido igual.
El análisis de esas problemáticas y sus posibles resoluciones contrastan con los estereotipos, valores y significados colectivos, roles y posiciones sociales dentro del sistema, etc. y este mismo espacio social legitima las alternativas de liberación de la violencia. Los grupos se convierten en espacios privilegiados de cambio positivo si son conducidos con rigor profesional y ético.
La intervención psicológica y social está siendo desarrollada en nuestro país desde hace varias décadas, pero las intervenciones grupales aún son escasas si consideramos sus más que demostradas contribuciones al bienestar individual, a la salud psicológica y física, a la recuperación de la autonomía y la libertad individual.
Las intervenciones grupales se aplican en todos los ámbitos, en intervención social, salud, empresas.  En los grupos con mujeres en situación de violencia sexista, éstas exploran la expresión de vivencias, malestares desde la validación de su punto de vista, desde el reconocimiento mutuo de su libertad y autoridad. En los grupos las mujeres encuentran acogida, contención para el exceso de dolor y sufrimiento, compañía para la soledad, esperanza para el cambio positivo, fuerza para enfrentar el miedo, recursos instrumentales y emocionales propios y ajenos para romper con esta relación, y sobretodo, para iniciar una nueva vida libre satisfactoria para ellas y para sus hijos e hijas.
Las investigaciones científicas muestran que la participación de las mujeres que sufren violencia en grupos de apoyo y psicoterapéuticos de diferentes tipos de servicios como casas de acogida, centros de orientación, hospitales y servicios jurídicos incrementa significativa y positivamente su estado general en los siguientes aspectos: autoestima, reducción significativa de la soledad, la vergüenza y la autoinculpación, internalización del lugar de control sobre su vida, reducción del estrés percibido, aumento del apoyo social percibido y el tangible.
El conjunto de mujeres que acaban el tratamiento grupal reducen los síntomas depresivos y los síntomas de estrés postraumático. Las mujeres que abandonan el tratamiento son las que tienen más síntomas de evitación, entumecimiento o insensibilización.
Proyecto “El viaje de Cenicienta”, el éxito de la prevención
El territorio de este proyecto es el distrito Horta-Guinardó de la ciudad de Barcelona con una población de 170.135 habitantes, de la que el 52,8% son mujeres, un 11% extranjeras, con una media de edad de cuarenta y cinco años. Desde hace años, la red de profesionales del distrito se interesa por la problemática de la violencia hacia las mujeres, que detecta en las demandas individuales –en su gran mayoría femeninas- en servicios sociales. El encargo consistió en crear un proyecto comunitario de sensibilización, detección y prevención a partir de las propias mujeres y de manera amable y artística.
En los últimos diez años, se han realizado en el distrito doce grupos de apoyo social y terapéutico con un total de ciento ocho mujeres que, según las valoraciones, en el plazo de dos años se fortalecen y salen del círculo del maltrato en un 80%, promoviendo un efecto de onda expansiva en su entorno familiar, social y comunitario.
Llegan a los servicios mujeres que tienen amigas, vecinas, madres de la escuela de sus hijos de grupos anteriores.
Los hijos e hijas de la violencia
Cuando las relaciones de dominación se dan en el contexto familiar, la cultura de la relación que se construye queda impregnada en la psique del niño y la niña, por lo que la posibilidad de repetir estereotipos de género en ambos sexos es más que probable, aunque no determinista. El entorno familiar es el primer eslabón del proceso de socialización de la infancia y las pautas de comportamiento de los adultos son un modelo. Es por este motivo que la reproducción del rol de víctima o de agresor son indistintamente asumidos por los hijos e incluso se manifiestan según en el contexto en el que se actúa.
¿Qué efectos tiene en la infancia la vivencia de la violencia sexista en las relaciones de pareja?
Suelen ser niños con dificultades para concentrarse, con pocos recursos para resolver los conflictos. Pueden ser excesivamente pasivos o agresivos, dependientes de los adultos o hiperactivos en sus acciones. Pueden tener dificultades para empatizar, poca conciencia de los límites propios o ajenos y dificultades en el control de sus impulsos.
En cuanto a la salud física o psíquica, suelen padecer trastornos del sueño y de la alimentación que se relacionan con estados ansiosos, depresivos y de estrés emocional, provocados por el desconcierto y el miedo. Cuanto más duradera es la vivencia de la relación de violencia en el entorno familiar, más se deterioran los vínculos afectivos entre los niños y ambos cuidadores.
En ocasiones, en edades preadolescentes o en la adolescencia misma, los sentimientos de culpabilización hacia la madre o la no comprensión de su posición en el conflicto, hacen aflorar o aumentar las conductas agresivas.
Madres que sufren violencia por parte de sus hijos
En el marco de la violencia intrafamiliar se ha evidenciado en los últimos tiempos un incremento de la que ejercen los hijos contra sus madres. Este tipo de violencia, llamada violencia filio-parental, es una de las manifestaciones de la violencia de género y la mayoría de las víctimas son madres. Las personas que ejercen la violencia son, en el 85% de los casos, los hijos varones.
En estas familias se da una inversión en las relaciones jerárquicas de poder, dinámica que no hace más que fortalecerse a medida que los hijos perciben que sus conductas temerarias causan miedo a sus progenitores. Si éstos, además, adoptan el rol de víctimas en lugar del de adultos con poder, las conductas violentas tienden a mantenerse.
Existe una gran presión que imputa a la madre todo aquello que ocurre con los hijos y, por tal razón, dificulta la concienciación sobre la problemática en su justa medida como para poder afrontarla de manera saludable. Los mensajes de la cultura son “por los hijos lo que sea”, “a fin de cuentas soy su madre y aunque no olvide sus agresiones, sé que lo voy a perdonar puesto que es mi hijo”, “es sangre de mi sangre”. Esto tiñe la perspectiva de análisis y confunde a quienes sufren dicha violencia, que soportan la injusticia de no poner límites y desarrollan reglas que conducen al mantenimiento del secreto.
El libro aporta, además de otras experiencias grupales como con hombres que ejercen violencia, con mujeres que la padecen, de las que conviven en casas de acogida, con las que han sufrido abusos sexuales y otras experiencias preventivas, también la parte teórica que investiga, evalúa y valida el trabajo realizado en este campo.

DATOS DE CONTACTO: