La última vez que S.M. sintió miedo tenía 10 años. El culpable fue el doberman de la señorita W., una vecina a la que su madre recurría habitualmente cuando debía dejar a la niña para ausentarse un par de horas. S.M. intentó acariciarlo, pero el animal tenía mal carácter. "Me acorraló en una esquina y comenzó a gruñirme sin dejarme escapar. Grité desesperadamente, ¡mamá!, ¡mamá!, ¡mamá!, ¡ayúdame!", recuerda hoy S.M. (44). La Srta. W. entró en la pieza y se llevó el perro, no sin antes pedirle a la niña que no se moviera porque el animal podía atacarla. "Pero yo no me podía mover. Sólo gritaba 'me quiero ir a la casa'".
    Esa no sólo fue la última vez que S.M. sintió temor. Es, también, una de las pocas veces que recuerda haberlo sentido. Su cerebro almacena pocos episodios tenebrosos, como un infantil pavor a la oscuridad (cuyo antídoto eran las frazadas de su hermana mayor) o cuando su hermano saltó sorpresivamente detrás de un árbol en medio de una caminata nocturna por un cementerio. No más que eso. S.M. literalmente no siente miedo, una singularidad que llevó a expertos de la U. de Iowa a realizarle durante tres años un acucioso estudio para desentrañar cómo llegó y cómo vive en esa condición.

INTENTO DE HOMICIDIO
    S.M. -anonimato que los especialistas se niegan a romper- entiende el miedo. Sabe el significado de la palabra, incluyendo sus matices: miedo, terror, pánico o susto. Incluso, sabe qué situaciones los generan y qué señales del cuerpo evocan miedo.
    Pero no lo siente, ni siquiera cuando intentaron asesinarla, a los 30 años. "Caminaba sola a la casa. Eran como las 10 de la noche y la oscuridad era total. A mi izquierda se podía oír a un coro terminando su práctica nocturna en la iglesia local y a mi derecha, un pequeño parque en el que resaltaba un hombre sentado en un banco. No había nadie más. Excepto el hombre. Era un drogadicto. Mientras pasaba por el parque, el hombre me gritó y me pidió que viniera. Me acerqué. Tanto, que quedé a su alcance. Me atrapó con su brazo y me puso un cuchillo en la garganta. 'Voy a cortarte, perra'". S.M. dice que no se asustó y se mantuvo tranquila. Sólo oía el coro de la iglesia. Ella miraba al hombre y desafiantemente espetó: "Si usted va a matarme, va a tener que pasar sobre mis ángeles de la guarda primero". El hombre, sorprendido por su reacción, la dejó ir. En vez de arrancar, S.M. asegura que se fue caminando a su casa. Tan segura, que al día siguiente repitió la ruta.

EXTRAÑA PATOLOGÍA
    "La disparidad entre el miedo del S.M. durante la niñez y su evidente carencia en la adultez se explica por el desarrollo de una patología de la amígdala (región del cerebro que regula este tipo de emociones) causadas por la enfermedad de Urbach-Wiethe, un mal congénito que sólo se manifiesta entre la niñez y la adolescencia", dice a La Tercera Justin Feistein, neurólogo que lideró el equipo de expertos que investigó a esta mujer de 44 años. Hay consenso en que en la mayoría de los pacientes la enfermedad emerge alrededor de los 10 años, justo la última vez que ella sintió miedo.
    S.M. tiene tres niños. El mayor -de 20 años- convive a diario con el extraño que es el comportamiento de su madre. Porque aunque la ha visto triste y alegre, no recuerda haberla visto asustada. Ni siquiera cuando lidió con una serpiente que encontraron en el jardín de la casa. "Sólo gritó '¡Santo Dios, que serpiente tan grande!'", recuerda. "Sin temor la tomó, la llevó a la calle y la puso en la vereda para que todos la viéramos. Ella me había dicho que la asustaban las serpientes, por eso su audacia me extrañó un poco", relató durante el trabajo de Feistein.
    Para su investigación, el equipo del neurólogo realizó pruebas extremas, como llevarla a una tienda de animales en la que había arañas y serpientes, animales, que S.M. siempre dijo odiar. Junto a un grupo de voluntarios debía medir, en una escala de 1 a 8 (donde 0 era muy cómodo y 8, el extremo más incómodo), cómo se sintieron cuando debieron intentar tocarlos. Nadie superó el rango 2, pero S.M. acarició a las serpientes más grandes, incluso después que se le advirtiera que algunas eran muy peligrosas. Fue tan temeraria que debió ser detenida cuando jugaba con una tarántula. "Sólo lo hice por curiosidad", confesó más tarde. Los resultados fueron igual de perturbadores en la Casa del Terror o cuando vieron películas de terror. Su única reacción fue pedir los títulos para verlos completos.
"Ser incapaz de sentir miedo te vuelve incauto, pues el cerebro no advierte de situaciones o personas de las que se debe mantener alejado para sobrevivir", explica Feinstein, a la vez que hace una escalofriante confesión: "Debería esta muerta". T
Estrés postraumático
El trabajo de Justin Feistein busca encontrar fórmulas para trabajar con el estrés postraumático o con las fobias humanas. De hecho, su equipo trabaja actualmente con veteranos de las guerras de Irak y Afganistán que han sufrido secuelas sicológicas a raíz de algún hecho tormentoso. "Saber que nuestros miedos se tejen en la amígdala y aprender a controlarla o 'apagarla' de forma selectiva podría ayudar a las personas que sufren estos miedos", dice el doctor Justin Feistein. (La Tercera)